Les voy a contar una historia que se la leí a Liam Vaughan. Para que vean no sólo la parte bonita de este mundo, porque se aprende más de la otra parte, la oscura.

Hace 10 años el mundo de las finanzas asistió a un flash crash, concretamente el 6 de mayo de 2010, cuando, sin previo aviso, el S&P 500 se desplomó un 5% en cuatro minutos. El incidente dio lugar a una investigación del gobierno y llevó a preguntarse si el aumento de las operaciones de alta frecuencia estaba teniendo un impacto desestabilizador en los mercados. Al final, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos se centró en un culpable diferente: un trader de 36 años llamado Navinder Singh Sarao que operaba desde su dormitorio en una casa a las afueras de Londres y no tenía vínculos con el mundo de las altas finanzas, no era como Bobby Axelrod, el personaje principal de la serie Billions.

Sarao acumuló 70 millones de dólares comprando y vendiendo futuros como si estuviera jugando a un juego de ordenador. La mayor parte de sus ganancias se produjeron durante períodos de extrema volatilidad. También manipuló los mercados creando un programa de computadora que colocaba y luego cancelaba enormes volúmenes de órdenes para engañar a otros inversores sobre la oferta y la demanda, una ofensa conocida como «spoofing». En 2016, Sarao llegó a un acuerdo con las autoridades de los EE.UU., accediendo a contarles todo lo que sabía a cambio de una sentencia más indulgente. La información que proporcionó sobre las artes oscuras del comercio electrónico resultó ser tan útil que el gobierno la incorporó a su software de detección, ayudando a que más de una docena de de bancos y hedge funds fuesen condenados. En reconocimiento a su cooperación, Sarao se salvó de la cárcel en enero, y fue sentenciado en su lugar a un año de arresto domiciliario, un mes antes de que el mundo entero fuera encerrado este año por el coronavirus. Más doloroso para Sarao fue que también se le prohibió hacer trading.

¿Cómo empezó todo? Sarao descubrió por primera vez su habilidad gracias a un anuncio en la edición del martes del Evening Standard, el cual decía: «se admiten solicitudes de graduados que puedan demostrar las siguientes habilidades: altamente motivados; enfoque analítico; disciplinados; orientados a objetivos; trabajan bien bajo presión». Sarao llevaba dos años fuera de la universidad y envió su currículum a Futex, una pequeña sala de trading a unos 45 minutos en tren del distrito financiero de Londres. Cuando Futex le invitó para una entrevista, estaba desempleado. El modelo de negocio era sencillo y, al menos durante un tiempo, muy lucrativo. Futex se encargaría de enseñar a muchos aspirantes y les enseñaría las habilidades que necesitaban para tener éxito en los mercados. Los que prosperaban eran respaldados con sumas de dinero cada vez mayores, mientras que los que fracasaban eran eliminados. Futex ganaba dinero tomando una parte de los beneficios de sus traders y una comisión por cada transacción.

Para una generación de ambiciosos graduados que crecieron viendo películas como Wall Street pero que no tenían las conexiones para conseguir un trabajo en JPMorgan, la oportunidad era irresistible. Podían hacer sus propias horas, usar chanclas para trabajar, y aún así sacar mucho dinero. Todo lo que tenían que hacer era predecir correctamente si el mercado subiría o bajaría más a menudo de lo que se equivocaban, y serían ricos y libres. La realidad, por supuesto, es que era extremadamente difícil superar el mercado una y otra vez .Durante ocho horas al día se sentaba en un escritorio solitario en el extremo de la sala, su cara a centímetros de sus pantallas, en lo que parecía ser un estado catatónico. Para bloquear el mundo, llevaba un par de protectores de orejas rojos. No se comunicaba con nadie. Sólo movía sus dedos.

Tres años después de unirse a Futex, seguía operando en el futuro del S&P500. Sarao era lo que comúnmente se conoce como un scalper, un inversor que obtiene pequeñas ganancias en cada operación que dura segundos o pocos minutos, pero realizaba muchísimas operaciones al día. Al final de todas las sesiones, se aseguraba de no tener posiciones abiertas. Cada victoria liberaba un subidón de dopamina. Cada pérdida era un golpe. La adrenalina y el cortisol corrían por las venas. Con la mano izquierda sobre el teclado y la derecha sobre el ratón, Sarao compraba y vendía futuros a un ritmo asombroso. Las hazañas de Sarao en el mercado llamaron la atención porque no se reflejaban en su estilo de vida, es decir, ganaba mucho dinero pero no lo aparentaba, su vida era diferente a la del sector: apenas retiraba nada de su cuenta para vivir, trabajaba con pantalones de chándal y unos jerseys baratos. Para el almuerzo, o, más exactamente, la cena, comía sándwiches de supermercado o un filete de McDonald’s. Apenas bebía, no fumaba, no tenía una vida amorosa de la que hablar, y cuando el resto de la oficina se iba al pub O’Neill’s cada viernes, él se quedaba para seguir operando.

Lo más cercano a una biblia para los traders de Futex fue un libro:  MEMORIAS DE UN OPERADOR DE BOLSA de EDWIN LEFEVRE, publicado en 1923. Cuenta la vida de Jesse Livermore, un gurú del comercio americano que pasó a ser todo un genio invirtiendo, amasar una gran fortuna y luego perderla. Se decía que Livermore podía podía observar los movimientos de los precios y predecir con precisión hacia dónde se dirigía basándose en el cuidadoso estudio del comportamiento pasado. Sarao puede no haber alcanzado la misma altura que Livermore, y su estilo de vida era sin duda más abstemio, pero años más tarde, sus compañeros de Futex señalaron algunos paralelismos sorprendentes. Ambos empezaron sin nada al margen de las finanzas, ambos podían controlar sus emociones y miedos y estaban dispuestos a arriesgar la ruina por una oportunidad de gloria. Livermore, que ganó 100 millones de dólares vendiendo acciones en corto en 1929 -el equivalente a más de 1.000 millones de dólares en la actualidad- acabó derrochándolo todo y disparándose en la cabeza en el guardarropa del Hotel Sherry-Netherland de Manhattan en 1940. Para aquellos que prestan atención, la vida de Livermore es un cuento con moraleja sobre los peligros de la obsesión ciega y los peligros de atar su destino demasiado fuerte a los caprichos del mercado. Pero los traders de Futex sólo hablaban de sus legendarias habilidades.

Sarao nunca tuvo a Livermore como referente, aunque tenían cosas en común. Al menos no terminó tan dramáticamente, pero su sueño, tras tocarlo, vivirlo y sentirlo, se ha desvanecido para siempre.

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